El viento movía su cabello oscuro a medida que aumentaba la velocidad. La hermosa bestia movía sus músculos y extremidades debajo de ella, haciéndola sentir nuevamente completa. El sol parecía extinguirse por el oeste, y los destellos de ese sol casi inexistente le pegaban en los ojos y en el pelo, resaltando aun mas su belleza natural. El cielo lleno de nubes parecía antinatural, hecho especialmente para ella, para que ese momento fuera inolvidable. Volvió a sentirse viva cuando, con un pequeño roce de sus botas sobre el pelaje del animal, éste movió aun mas rápido sus extremidades y los dos parecían volar en aquel campo, donde el tiempo no existía y el mundo exterior tampoco existía, donde eran solo ella y Onix. Aun recordaba el día en el que fue bautizado, ella tenia apenas siete años y eligió el nombre en honor al color del animal; "Onix, como la piedra negra que llevo colgada al cuello". Recordaba esas palabras como si fuera ayer, y habían pasado diez años desde aquel día.Volvió su pensamiento al presente y disfruto de cada segundo sobre el lomo de su corcel. Pero un ruido extraño la sobresalto. Abrió los ojos y vio el techo gris sobre ella. "Un sueño" susurro para si misma, "un maldito sueño". Se dio media vuelta en la cama, ayudada por sus manos, e intento ver si sus extremidades inferiores respondían ante su orden. Fue en vano. No se movieron ni un centímetro. Las golpeo mientras recordaba su sueño en detalles y las lagrimas comenzaron a caer sobre sus mejillas. Se enderezo en la cama, nuevamente ayudada por sus manos y se seco las lagrimas. Cogió la silla de ruedas que estaba al costado de su cama y se subió con una gran destreza; tres años en esta condición le habían enseñado como moverse con la fuerza de sus brazos y ya no necesitaba ayuda para eso. Movió las ruedas de su silla con sus brazos, y se dirigió a la ventana que daba a los establos, y allí estaba. Imponente y altivo como siempre. Su caballo negro relinchaba mientras corría y era montado por otro jinete que no era ella. Sintió celos y desesperación por no poder ser ella la que montaba a Onix. Volvió a la cama, en silencio, y se acostó nuevamente. Abrazo a su almohada y lloro hasta volver a quedarse dormida con la esperanza de volver a soñar nuevamente eso, con la esperanza de despertar y que sus piernas le respondieran, y no sentirse una inútil.








